EDITORIAL MILENIO

La polarización, ese cáncer

Epicentro

León Krauze

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  • 2010-02-02•Política

La
victoria de Sebastián Piñera en la segunda vuelta electoral en Chile ha
sido recibida con un entusiasmo casi unánime. No es casualidad. El tono
de la contienda fue siempre respetuoso, incluso de parte del tercer
candidato, un joven impetuoso que podría haberse beneficiado de
encender los ánimos insumisos que existen hasta en una sociedad de la
prosperidad de la chilena. Las ideas nunca tocaron el extremo
ideológico: sin importar casacas, los temas se discutieron desde un
acuerdo general de proyecto de nación. En Chile ya nadie pelea por si
el libre mercado es deseable o si los programas sociales deben
mantenerse. Eso ya está hecho y firmado. El debate se reduce (aunque el
verbo es malo, porque es una discusión emocionante y enorme) a cómo
prolongar y aumentar la prosperidad. A Chile, en suma, se le envidia la
madurez.

¿Pero qué es la madurez política? ¿Qué es lo que realmente ha
conseguido Chile que ha demostrado ser tan inasible en otras latitudes?
O puesto de otra manera: ¿contra qué se ha inoculado la sociedad
chilena? La respuesta es evidente. Chile se ha salvado de padecer una
de las enfermedades más virulentas de la política moderna: la
polarización. La clase política chilena aún consigue debatir con
posibilidades de llegar a acuerdos que persigan no el bien del político
o del partido sino de la sociedad en general. Los políticos chilenos
han logrado, en suma, un lugar común que, en nuestros tiempos, es el
menos común de los lugares: gobernar para el bien de todos. Eso es en,
el fondo, lo que resulta tan envidiable de la transición chilena, hoy
culminada con una alternancia civilizada.

No todos los países han corrido con la misma suerte. Apenas hace
unos días, en su primer informe de gobierno, Barack Obama explicaba,
con su elocuencia característica, por qué Estados Unidos ha caminado en
sentido opuesto. Desde hace al menos 15 años, la política estadunidense
se ha dedicado a coquetear con el abismo de las diferencias
irreconciliables. Toda la estrategia electoral, e incluso el propio
gobierno de George W. Bush, giraron alrededor de la discordia. Bush
gobernó desde la derecha y para la derecha, sin ninguna atención a las
necesidades de la minoría ni mucho menos algún intento de encontrar
coincidencias. El resultado fue el encono. Hoy, los republicanos hacen
lo mismo con Obama. En la discusión de la reforma sanitaria, Obama
consiguió el apoyo de un miembro del partido antagonista. ¡Uno de entre
300 votos posibles entre representantes y senadores republicanos! De
ahí que, a la hora del discurso de la semana pasada, el presidente
advirtiera sobre los riesgos del cáncer de la polarización: “Lo que
causa frustración al pueblo es un Washington en el que cada día es día
de elecciones”, dijo Obama. “No podemos estar siempre en campaña, con
el único objetivo de ver quién puede avergonzar al rival; la idea de
que, si tú pierdes, yo gano. Ningún partido debe retrasar ni
obstaculizar cada proyecto de ley simplemente porque puede hacerlo”. Y
después concluyó con una frase magistral: “fuimos electos para servir a
los ciudadanos, no a nuestras ambiciones”.

La advertencia de Obama no podría llegar más a tiempo para Estados Unidos. Thomas Friedman, el columnista del New York Times,
alertaba después sobre el peligro real de inestabilidad política en
tierra estadunidense. Estados Unidos no puede darse el lujo de la
inquina y la parálisis. Pero la llamada de atención de Obama —en
contraste con el admirable ejemplo de lo opuesto que ha dado Chile—
debiera servir también a la clase política mexicana. La polarización
(atender a las ambiciones de los elegidos antes que a las necesidades
urgentes de los electores) es una receta no sólo para el colapso de un
sistema político sino para el desgaste, paulatino pero seguro, de una
sociedad entera.

La estéril discusión de la reforma política que México sufrió en
días pasados es un ejemplo evidente. Nadie, salvo algunos académicos
honrados, tenía la intención de fomentar un debate que desembocara en
acuerdos y cambios auténticos. Se trataba de dinamitar al oponente para
reducir sus posibilidades en la única búsqueda que importa en una
sociedad ya polarizada: la del poder. Pero a nuestros políticos se les
escapa una paradoja cruel: la persecución monomaniaca del poder tiene
como única consecuencia final la erosión del mando que se busca. Es una
muerte lenta pero inevitable. Sobre advertencia no hay engaño.

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